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la desgraciada vida de Patricia Neal

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Si hace poco recordábamos la terrible historia de Susan Peters –la joven actriz que acarició el cielo al ser nominada al Óscar a Mejor Actriz de Reparto, solo para quedar paralítica por un disparo y acabar suicidándose–, hoy le toca el turno a otra estrella cuya vida estuvo teñida por el infortunio: Patricia Neal. Pues aunque esta oscarizada actriz triunfase tanto en Broadway como en Hollywood y tuviese una vida mucho más larga que la de Peters, no estamos nada seguros de cuál de las dos fue más desgraciada.

Nacida en 1926 con el nombre de Patsy Louise Neal, esta joven aspirante a actriz ya destacaba en el instituto por su radiante belleza y sus evidentes dotes interpretativas que demostraba en premiadas lecturas dramáticas. Tras estudiar arte dramático durante dos años en Virginia, a comienzos de los 40 aterrizó en Nueva York y empezó a trabajar como actriz suplente hasta conseguir su primer papel en sustitución de Vivian Vance. Fue entonces cuando el productor Alfred de Liagre le sugirió que debería cambiarse el nombre de pila por uno más acorde con su porte aristocrático: Patricia.

Después de llamar la atención de varios productores con sus primeros esfuerzos teatrales, su debut en Broadway vendría gracias a la obra Another Part of the Forest, de la dramaturga y guionista Lillian Hellman. Neal sabía que esta era su gran oportunidad de demostrar talento y potencial, y por ello se entregó en cuerpo y alma a su papel. El resultado fue un éxito tal que, sin haber cumplido aún los 21 años, se vio cosechando no solo un premio del New York Drama Critics´ Circle, sino también el galardón a Mejor Actriz Protagonista en la primera gala de los Tony, allá por el año 1947. Su joven rostro empezó a estar en todas partes –incluida la portada de la revista Life–, y de la noche a la mañana pasó a ser la actriz más buscada de Hollywood. Un sueño hecho realidad que, por desgracia, no duraría para siempre.

Poco después, Neal firmaba un contrató de siete años con Warner Bros. y se mudaba a Los Ángeles para probar suerte en la competitiva industria del cine. Pero nada más llegar, se enfrentó con la dura realidad del novato: aunque derrochaba talento y tenía a su favor una presencia arrebatadora y una voz ronca e inconfundible, carecía de toda experiencia frente a las cámaras. Pese a ello, en 1949 los productores le concedieron un debut nada menos que junto a Ronald Reagan (sí, el futuro presidente de los EEUU) en la fallida comedia John Loves Mary. Los críticos de la época se cebaron especialmente con la incapacidad de Patricia para defender los chistes del guion –pero nuestra joven actriz era muy consciente de estar empezando a batir las alas, y no se dejó intimidar.

Tras repetir con Regan ese mismo año en Alma en tinieblas, Neal se vio quitándole a Lauren Bacall el papel que Barbara Stanwyck y otras estrellas de primera línea tanto habían codiciado: el de Dominique Francon, la amante del protagonista de El manantial. La adaptación de esta controvertida novela escrita por Ayn Rand pocos años antes (y considerada una oda al individualismo y el capitalismo libertario) era uno de los proyectos más ambiciosos de Warner Bros., por lo que la presión era máxima para todos los implicados. A petición de la autora, Humphrey Bogart había sido bruscamente sustituido en el papel del arquitecto Howard Roark por Gary Cooper, y este a su vez había criticado duramente las pruebas de cámara de Patricia, a la que consideraba (no sin razón) una primeriza. No obstante, la ficción pareció tener algún mágico efecto en la vida real, pues al igual que su personaje, Neal (que por entonces sólo tenía 23 años) acabaría locamente enamorada de Cooper (que rozaba los 50) y juntos iniciarían un intenso romance –pese a que Cooper estaba casado y tenía una hija.

Como saben los cinéfilos amantes de las historias del Hollywood clásico, poco importó el oficio y la veteranía del director King Vidor: El manantial fue un sonado fracaso de crítica y taquilla. Y al igual que sucede en cualquier catástrofe, el más dañado fue el más débil –en este caso, Patricia. La actriz, que por entonces era vendida como “la nueva Greta Garbo”, vio cómo el estatus y el caché que con tanta facilidad había obtenido se precipitaban cuesta abajo. Por si fuera poco, su idilio con Cooper no iba mucho mejor. La suya fue una relación desigual y, en ocasiones, hasta abusiva: además de abofetear a Neal cuando sorprendió a Kirk Douglas intentando seducirla, Cooper también la persuadió para que abortara cuando se quedó embarazada de él. “Si pudiera recuperar algo de mi vida, sería ese bebé”, contó en su autobiografía, As I Am. Con todo, Patricia seguía albergando el sueño de que Cooper se atreviese a iniciar una nueva vida junto a ella.

Y si su vida sentimental era un caos incierto, en el ámbito profesional las cosas estaban bastante más claras: su estrella se estaba apagando. Aunque a comienzos de los 50 Patricia se esforzó por seguir labrándose una carrera con trabajos mayoritariamente olvidables para Warner Bros. –entre los que cabe destacar Punto de ruptura (junto a John Garfield) o La flota silenciosa (con John Wayne)–, pronto el estudio comprendió que la gran promesa de la década anterior no estaba dando el resultado esperado. Y así, cuando Neal cumplía ya los 27, le señalaron amablemente la puerta de salida. Esto, sumado a la inesperada decisión de Cooper de romper su relación con ella, acabó provocándole una crisis nerviosa de la que tardaría días en recuperarse.

Después de 13 películas y cinco años de carrera como actriz cinematográfica sin alcanzar el éxito del que gozara hacía menos de una década, Patricia consideró la posibilidad de que su futuro no pasara por la gran pantalla. Instada por su amiga, la dramaturga Lillian Hellman, volvió a Nueva York para protagonizar el revival en Broadway de la obra La calumnia. Y precisamente en casa de la propia Hellman sería donde Neal conocería al famoso escritor galés Roald Dahl (Charlie y la fábrica de chocolate), con el que se casaría en 1953… pese a que por entonces no le amaba y que lo hizo movida por su ansia de tener descendencia, como confesó en su autobiografía. Le aguardaba un matrimonio de 30 años del que saldrían cinco hijos y muchísimos más disgustos.

Patricia Neal y Roald Dahl (Dominio Publico, Carl Van Vechten – Van Vechten Collection at Library of Congress)

Tras reencontrarse a sí misma sobre las tablas y cargarse de autoestima, Patricia decidió que no tenía por qué renunciar a su sueño cinematográfico. Gracias a un contrato con 20th Century Fox ya se había dejado ver en la mítica cinta de ciencia ficción Ultimátum a la Tierra, y en 1957 tuvo su regreso triunfal a la gran pantalla, volviendo a trabajar para Warner Bros. en la aplaudida Un rostro en la multitud, de Elia Kazan. Su creciente experiencia se dejaba notar, y los críticos de cine empezaban a alabar su registro interpretativo como nunca antes habían hecho. Neal siguió alternando las cámaras con los escenarios, cosechando grandes elogios por su trabajo en montajes de De repente, el último verano o El milagro de Ana Sullivan.

Pero si la carrera de Patricia parecía haber vuelto a encontrar su cauce, su vida personal estaba empezando a convertirse en un infierno.

Nada bueno augura un matrimonio en el que no hay amor entre ambas partes, pero una personalidad dominante como la de Roald Dahl puede agravar esa brecha hasta límites insoportables. El ex-piloto de la R.A.F. y autor de fantásticas historias infantiles mostró su rostro más autoritario cuando la tragedia sacudió la vida de la pareja en diciembre de 1960. El terrible suceso tuvo lugar en plena calle de Nueva York, cuando Patricia estaba de compras y el niño de tan solo 4 meses estaba con una enfermera. Todo sucedió muy rápido cuando el carrito de Theo fue accidentalmente aplastado por un taxi y un autobús. El resultado fue una grave lesión al hemisferio izquierdo del cerebro del bebé, ante la cual Dahl tomó la decisión unilateral e irrevocable de alejarse de la civilización y trasladar a toda la familia al pequeño pueblo de Great Missenden (Reino Unido), donde el pequeño Theo llevaría a cabo su complicada rehabilitación. La resolución de Dahl no sería cuestionada hasta que, dos años después, su hija mayor, Olivia, falleció a los siete años víctima de una encefalomielitis que, seguramente, podría haber sobrellevado si hubiese recibido la atención médica disponible en cualquier gran ciudad.

Pese a la doble tragedia, Neal siguió dando una lección de resistencia y determinación, sabiendo combinar la crianza de sus hijos y el cuidado de Theo con su prometedor retorno a la gran pantalla. En este sentido, la nueva década de los 60 se presentaba brillante: después de aparecer en la icónica Desayuno con diamantes en 1961 protagonizaría Hud, el más salvaje entre mil –donde encarnaba a un ama de casa que se resiste a los amorales encantos de Paul Newman. Aquel multipremiado trabajo acabaría valiéndole el Óscar a mejor actriz en 1964, aunque ella no pudo recogerlo debido a su cuarto embarazo.

Aprovechando esta nueva oportunidad que le presentaba el destino, Neal aceptó la propuesta de Otto Preminger y protagonizó la exitosa Primera victoria, de nuevo junto a John Wayne. Tras la buena experiencia con este, aceptó volver a acompañarle como co-protagonista de Siete mujeres, que dirigiría el gran John Ford. Sin embargo, su buena racha fue interrumpida bruscamente cuando sufrió la rotura de tres aneurismas cerebrales… mientras esperaba su quinto bebé.

A pesar de tener solo 39 años, la vida de fumadora acabó pasando factura a Neal. Estuvo en coma durante tres semanas, y su situación fue tan crítica que un diario llegó a publicar su esquela. No obstante, todo el tesón que Dahl había mostrado en controlar la vida de su esposa ahora se volcó en atenderla, y gracias a los cuidados y la atención del escritor, Patricia no sólo sobreviviría sino que también acabaría dando a luz a una niña sana en agosto de 1965. Dicho esto, las secuelas físicas fueron brutales, pues la actriz quedó semi-paralizada y perdió la capacidad de hablar. Para colmo, la derivación que drenaba el fluido del cerebro de Neal se atascaba hasta el punto de poner en peligro su vida. Pero gracias a los conocimientos que había adquirido durante la rehabilitación de Theo (que fue sometido a un total de ocho operaciones de cerebro), Dahl trabajó con un ingeniero jubilado y un neurocirujano para diseñar y manufacturar una nueva derivación que funcionase correctamente. La válvula, conocida como la “Wade-Dahl-Till”, no solo es un testimonio del ingenio del escritor, sino también de su amor por Neal… aunque nunca tuviese en cuenta la opinión de ella.

Y es que, poco a poco y con la ayuda insistente de Dahl, Patricia volvió a aprender a andar, a leer y a hablar. Pero a pesar de que había perdido en buena medida la memoria, en 1967 el escritor anunció que ya estaba lista para volver a interpretar y que iba a pronunciar un discurso en una cena solidaria que recaudaría fondos para los niños con daños cerebrales. Aterrorizada, Neal se vio obligada a forzar su precaria memoria para recordar todo el discurso, que finalmente fue recibido con grandes aplausos. “Entonces supe que Roald el esclavista, Roald el bastardo, con su incansable látigo, Roald el Maldito, como le había llamado más de una vez, me había vuelto a arrojar a las aguas profundas. Donde yo debía estar” –recordó en su autobiografía.

Habiendo recobrado la confianza en sí misma, en 1968 Neal se ganó la de todos los demás y logró volver a la gran pantalla con el papel de Nettie Cleary en Una historia de tres extraños. Aquel trabajo le valdría su segunda nominación al Óscar a Mejor Actriz –aunque en aquella ocasión se lo arrebatarían Katharine Hepburn y Barbra Streisand por sus respectivos trabajos en El león en invierno y Funny Girl–, y gracias a ese nuevo reconocimiento, Patricia pudo encarar con optimismo y tranquilidad las siguientes décadas. Y es que, a partir de entonces, se tomaría con mucha calma su carrera, aceptando a lo sumo un proyecto cada año. Tras el último golpe del destino, estaba determinada a seguir trabajando –pero no quería morir en el intento.

La enfermedad y la recuperación de Neal llegó a ser adaptada y convertida en la tv-movie Un gesto de amor (1981), donde Glenda Jackson y Dirk Bogarde interpretaban respectivamente a Patricia y a Roald. Solo dos años después de la emisión, la pareja se divorciaba cuando Neal descubría que Dahl llevaba años manteniendo un romance con una de sus mejores amigas. Sin Patricia a su lado, Roald fallecería tras uno pocos años, en noviembre de 1990. Por su parte, Neal dedicó la última etapa de su carrera a pequeños papeles en series televisivas como La casa de la pradera o Se ha escrito un crimen. Uno de sus últimos trabajos fue la película Cookie´s Fortune (1999), de Robert Altman.

Afectada desde hacía años por un cáncer de pulmón, Patricia Neal falleció el 8 de agosto de 2010 a los 84 años. Dejaba cuatro hijos, dos hermanos y diez nietos. Entre esos hijos se cuenta Theo que, a pesar del accidente, sobrevivió y vive una vida tranquila con su esposa y su hija en Nápoles, Florida, tras vivir con su padre durante 30 años de su vida. Aunque seguía comprometida con la ayuda a las víctimas de daños cerebrales (y luchó por transmitirles el mensaje de que su vida seguía teniendo sentido), lo cierto es que llevaba años apartada de la vida pública y sólo había interrumpido su retiro para filmar una última película, la fallida Flying By (2009). Pero unos cuantos años atrás, poco después de haberse divorciado de Dahl, nos regaló este impagable e inspirador balance de su accidentada vida:

No veo por un ojo. Me he quedado paralizada. Me he caído y me he roto una cadera. Pero la tenacidad te permite atravesar los malos tiempos. No hay que rendirse”.

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(Imagen CC: Patricia Neal y Roald Dahl (Dominio Publico, Carl Van Vechten – Van Vechten Collection at Library of Congress)

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