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¿Por qué las ganadoras del Oscar ya no se convierten en clásicos?

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La 92º edición de los Oscar está a la vuelta de la esquina y el mundo entero se prepara para la que es sin duda la gran noche del cine. La importancia que tienen estos premios dentro de la industria del espectáculo convierte la gala en una cita ineludible, pero desde hace unos años siento que la emoción ha disminuido. Al principio pensé que la culpa era mía. Me hago mayor, trasnochar me cuesta cada vez más y mi interés decae. Pero analizando la situación me he dado cuenta de que “no soy yo, es la Academia”. Es decir, no es que yo me haya vuelto más exigente, es que los Oscar se han vuelto más aburridos en sus decisiones comparado con los 90 y décadas previas. ¿Dónde quedaron ganadoras de gran repercusión como El silencio de los corderos, La lista de Schindler o Titanic

La ceremonia se celebra el próximo 9 de febrero en el teatro Dolby de Los Ángeles y como todos los años, los cinéfilos estaremos atentos para ver quién se hace con la estatuilla dorada, y quién de nosotros anota más aciertos en su quiniela. Pero desde el cambio de milenio, la desconexión entre los aficionados al cine y los académicos no ha dejado de crecer. Internet y las redes sociales han hecho más fácil contabilizar y comparar lo que la Academia y el público considera digno de pasar a la historia como clásico. Y cada año que pasa estamos menos de acuerdo

Muy atrás quedan los 90, cuando de las ganadoras a Mejor Película salían clásicos incontestables que han superado con creces el paso del tiempo. Cintas como las mencionadas en el primer párrafo, además de Bailando con lobos, Sin perdón, Forrest Gump o Braveheart. Películas que ya nacían con los mimbres adecuados para pasar a la posteridad, pero cuyo triunfo en los Oscar sellaba para siempre su destino en la historia del Séptimo Arte. Algo que, por desgracia, ya no ocurre.

Y lo mismo comprobamos si nos remontamos aun más atrás. Los 70 y 80 están llenos de ganadoras a Mejor Película que hoy en día están consideradas como algunas de las mayores obras maestras de la historia del cine: El padrino, El padrino: Parte II, Rocky, Annie Hall, Platoon, Rain Man… Films inolvidables cuya influencia ha perdurado hasta nuestros días. Algunos diréis: claro, el paso del tiempo es lo que hace que una película se convierta en clásico. Pero no siempre es así. El tiempo otorga, pero también arrebata. Y en el caso de las ganadores posteriores al año 2000, el tiempo entierra en el pasado.

¿Os imagináis a ganadoras del siglo XXI como El discurso del rey, Spotlight o Green Book convirtiéndose en clásicos a la altura de El padrino dentro de veinte años? Claro que no. De hecho, la mayoría cayeron al olvido nada más recibir el galardón. ¿Quién se acuerda de Una mente maravillosa o Slumdog Millionaire? ¿Quién puede nombrar la película que se llevó el mayor premio de la noche en 2010? (fue En tierra hostil, es normal que se te olvidase). Y ojo, no estoy diciendo que fueran malas películas en -casi- ninguno de los casos. Simplemente los votantes no lograron captar el sentimiento del momento, premiando obras sin riesgo por encima de títulos que el público abrazaba con pasión y tomando decisiones desganadas que han convertido los Oscar en un mero trámite anual.

Películas premiadas como Chicago, Million Dollar Baby, No es país para viejos, The Artist o Argo están bien valoradas, pero no han alcanzado la inmortalidad como sí solía ocurrir antes. Hay excepciones, claro. Gladiator, premiada en 2001, vendría a ser el último vestigio del gran cine de los 90 que forma parte de la lista. El señor de los anillos: El retorno del rey logró un gran hito en 2004 igualando el récord de premios de Ben-Hur y Titanic, aunque su paso a la historia estaba garantizado con o sin Oscars, por su naturaleza de blockbuster y fenómeno cultural. Y aun es pronto para saber si Birdman o La forma del agua superarán el paso del tiempo (no soy muy optimista al respecto, pero estas dos en concreto tienen más madera de película de culto). 

© 2000 – Dreamworks LLC & Universal Pictures – All Rights Reserved

No obstante, si analizamos los Oscar post-2000 año por año, nos damos cuenta de que las que han pasado a ser consideradas clásicos modernos del cine no son las ganadoras, sino muchas de las que se quedaron a las puertas del premio. Uno de los ejemplos más representativos (e infames) es el de Crash, una de las ganadoras a Mejor Película peor valoradas de la historia. La cinta de Paul Haggis le arrebató la estatuilla a la aclamada Brokeback Mountain de Ang Lee. Nadie recuerda Crash (a menos que sea para criticarla), pero la historia de amor entre Jack Twist y Ennis Del Mar se quedó en la memoria colectiva para siempre.

El año de En tierra hostil, entre las nominadas se encontraban Avatar y Up. La primera pasó a ser la película más taquillera de la historia (antes de que Vengadores: Endgame le arrebatara por muy poco el título el año pasado) y marcó un antes y un después en el cine (mal que le pese a sus detractores) y la de Pixar podría haber sido la primera película animada en llevarse el mayor galardón de la noche, pero la Academia no se atrevió. A día de hoy, ninguna película de animación ha recibido el Oscar a Mejor Película. Y no habrá sido por opciones.

La cosa empeora sobremanera cuando pasamos a la segunda década del siglo XXI, en la que el conservadurismo de los votantes ha aumentado paralelo a las quejas por la falta de diversidad y riesgo en las ganadoras. Entre las nominadas de 2011 se encontraban Origen, Toy Story 3 y La red social, films que han definido una época. ¿Cuál premiaron? El discurso del rey. De traca. 

En 2014, 12 años de esclavitud se alzó victoriosa por encima de Gravity, Her y El lobo de Wall Street, películas que el público sigue celebrando. Mientras que en la edición de 2016, los académicos decidieron encumbrar a Spotlight por encima de Mad Max: Furia en la carretera, lo que enfureció (nunca mejor dicho) a los fans de la obra maestra de George Miller. A pesar de no lograr el premio principal, la secuela tardía de Mad Max se hizo con el mayor número de estatuillas de la noche (seis de diez nominaciones), mientras que Spotlight fue nombrada Mejor Película con un solo premio más (Mejor Guion Original). Spotlight es un drama sublime, pero ha desaparecido casi por completo de la memoria cinéfila mientras que la que se ha ganado el título de clásico moderno es Mad Max

Algo parecido ocurrió al año siguiente. Fue en 2017, edición del famoso Oscargate. La La Land había sido nominada a 14 premios (igualando el récord de Eva al desnudo y Titanic), de los cuales se llevó seis, incluyendo Mejor Director y Mejor Actriz Protagonista para Emma Stone. Por un error en la lectura por parte de Warren Beatty y Faye Dunaway, la de Damien Chazelle fue nombrada Mejor Película, pero en realidad el premio pertenecía a Moonlight. Tres años después, aquel escándalo en directo es más recordado que la propia ganadora. Y no es que Moonlight no fuera una buena película (es sublime, además del primer film de temática gay en llevarse el mayor premio del cine), pero su repercusión es inexistente comparada con la de La La Land, un musical convertido en fenómeno de la cultura popular que ejerció (y sigue ejerciendo) una enorme influencia. 

Así llegamos al año pasado, edición en la que la clasicona Green Book se impuso por encima de obras más arriesgadas y estimulantes como La favorita o Roma. La decisión de la Academia sentó mal a un sector de la audiencia que consideraba que la película de Peter Farrelly (de los hermanos Farrelly de Algo pasa con Mary) se aproximaba al tema del racismo desde una perspectiva muy idealista y amable, suavizándolo para la audiencia mainstream. Con películas de fuerte carga racial como Black Panther e Infiltrado en el KKKlan entre las nominadas, el triunfo de Green Book se vio como un acto de conformidad. 

Y ese es el problema de los Oscar en los últimos años: la falta de riesgo y el estancamiento en los valores del pasado. El fiasco de Mad Max: Furia en la carretera fue la prueba definitiva de que, salvo excepciones muy contadas (El señor de los anillos, La forma del agua), los Oscar están dispuestos a premiar la fantasía en las categorías técnicas, pero no en la principal. Y la cosa empeora si hablamos de terror, género que la Academia considera menor y nunca se ha tomado en serio. En general, la balanza siempre se inclinará en favor del drama, el biopic o la reconstrucción histórica, por encima de películas que verdaderamente causan impacto en la sociedad.

Si este debate es recurrente es por algo. Todos los años nos preguntamos por qué los votantes se decantan por la opción más segura en lugar de reconocer la originalidad o el riesgo de películas visionarias que la audiencia sí ha acogido con los brazos abiertos. Por supuesto no podemos obviar el problema de creatividad que azota Hollywood desde hace tiempo. La falta de proyectos originales y la proliferación de remakes, secuelas y franquicias ha dado lugar a un panorama desolador. Pero precisamente por eso la Academia debe actualizarse y replantearse sus criterios a la hora de votar para animar un poco el cotarro y devolver la emoción a los premios. 

El paradigma del cine ha cambiado. Hace dos décadas existía una mayor conexión entre el público y la Academia, quizá porque era más fácil llegar a la unanimidad con respecto a qué películas merecían ser coronadas cada año. En 2020, los votantes tienen la oportunidad de cambiar el aburrido patrón reciente dándole el mayor premio de la noche a Joker (sería la primera película basada en un cómic en llevárselo) o al fenómeno Parásitos (hasta ahora ninguna película de habla no inglesa ha ganado en la categoría principal). Sin embargo, la que figura en más quinielas es 1917, de Sam Mendes. Y esto no es porque sea la favorita del público, la que más impacto social ha causado o la que tenga más papeletas para convertirse en clásico, sino porque es un (buen) drama bélico y después de todos estos años, ya sabemos de qué pie cojea la Academia. 

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