el género que Netflix todavía debe mejorar


No es ningún secreto que Netflix está liderando el mundo del streaming con series y películas de calidad. Ha llegado a los Oscar con Roma y este año tiene en sus filas al mismísimo Martin Scorsese y Robert de Niro para alcanzar la preciada estatuilla. Ya sea en cine o series, ha dominado el thriller, el cine documental, el true crime, ciencia ficción, terror y drama; pero hay un género que se le resiste cuando se trata de películas: la comedia romántica. Netflix no deja de pifiarla con cada largometraje de este género y la última prueba es Tall Girl o A mi altura.

Imagen promocional de Tall Girl (Scott Saltzman; Netflix)

Lo curioso es que en el mundo de las series sí lo han conseguido, y solo hay que nombrar a las magníficas Love (2016-2018) o Sex Education (2019-) para poner en ejemplos la calidad a la que me refiero. La comedia romántica triunfa cuando tienen tiempo para expandir una historia en varios episodios, pero si no fuera por los clásicos del género, Netflix no tiene nuevas propuestas que merezcan la pena. Ninguna parece estar a la altura de lo que una buena comedia romántica puede conseguir en una tarde de lluvia o en una reunión entre amigas, y al final terminamos recurriendo a esos clásicos que vimos decenas de veces, como las cintas de Bridget Jones o La boda de mi mejor amigo (1997), Cuatro bodas y un funeral (1994), La princesa prometida (1987) o Hechizo de luna (1987), del catálogo del servicio.

Es cierto que la plataforma tuvo sus éxitos en comedia romántica, como fue el caso de Un príncipe de Navidad que en 2017 fue vista por millones de usuarios; pero no podemos decir que sea una buena comedia romántica. Es cursi, plagada de clichés y una especie de “corte y pega” de otras cintas del género que, incluso, tuvo secuela. Como también Mi primer beso (The kissing booth, 2018) o A todos los chicos de los que me enamoré (2018), que a pesar de no ser las mejores comedias románticas de los últimos años, lograron cautivar a la audiencia hambrienta de historias adolescentes. Tanto que ya tienen secuelas en marcha. Sin embargo, mi teoría es que este éxito -no de crítica, sino de usuarios y menciones en redes- se debe a la necesidad natural que tenemos el público por ver comedias que nos contagien un poco de romance de vez en cuando, y a falta de cosas nuevas no queda otro remedio que recurrir a ellas.

A excepción de estos dos ejemplos -que repito, el éxito no se debe a la calidad, sino a la necesidad- es prácticamente imposible encontrar una buena comedia romántica de producción propia en Netflix. No tienen una sección directa, hay que entrar al género de comedias o romance en el apartado de cine para encontrarlas (y entre medias algún empleado de Netflix la pifió poniendo a Shakespeare enamorado entre ellas cuando es una clara cinta de drama romántico), pero ahí están con la “N” de Netflix en la esquina superior izquierda.

Un príncipe de Navidad (Netflix)

La mayoría son ñoñas, cursis y repetidas, sin aportar nada de originalidad a un género difícil, pero no imposible ¿o acaso no han conseguido sorprendernos renovándolo a través de series como las nombradas al principio? Tenemos Herencia navideña (2017), Cambio de princesa (2018) con Vanessa Hudgens reutilizando la misma historia de El príncipe y el mendigo de Mark Twain (que hasta Mickey Mouse tuvo su versión), Alguien especial (2018) con Gina Rodriguez y Brittany Snow sobre tres amigas disfrutando una última aventura en Nueva York o Nuestro último verano (2019) sobre amores antes de comenzar la vida adulta.

Pero más recientemente parece que la cosa ha caído aun más. Primero con Amor en obras, estrenada el pasado 29 de agosto. Una película que no hay por donde cogerla. Con una Christina Milian sobreactuada y una historia tan imposible que hace que hasta La casa del lago (2006) sea creíble, nos encontramos con la aventura de una joven que gana una especie de hotel rural en Nueva Zelanda y viaja hasta el otro lado del mundo, solo para encontrarse con un lugar en ruinas que debe restaurar mientras conecta con los locales de la zona, un nuevo amor y el autodescubrimiento. Pero es tan previsible que es aburridísima.

Chirstina Milian y Adam Demos en Amor en obras (Nicola Dove / ©2019 Netflix)

Y así llegamos al último estreno del género: Tall Girl o A mi altura, estrenada el pasado 13 de septiembre. Opté por darle una oportunidad después de ver un tráiler que, a priori, me llamaba la atención, pero terminé encontrando una historia que muy en el fondo tiene buenas intenciones pero se esconden detrás de una fachada cursi y muy, pero muy, mal actuada.

La historia se centra en Jodi, la chica más alta de su instituto con sus 1,85 metros de altura, que sufre complejo físico por culpa del bullying y la falta de chicos interesados en ella que estén “a su altura”. Hasta que llega un joven sueco de intercambio, tan alto como ella. La idea inicial no está mal, recurriendo a la superación personal, a prestar atención al cariño de quienes nos quieren por cómo somos y a la búsqueda del amor sin importar las apariencias; pero el resultado no llega a dar sus frutos. Por un lado tenemos a una protagonista realista (Ava Michelle) y a un amigo enamorado de ella que es el único que convence (Griffin Gluck), pero a su alrededor tenemos a un abanico de personajes exagerados y estrafalarios que hacen dudar si estamos ante una parodia de la realidad o un drama juvenil. Una hermana adicta a los concursos de belleza que se llevaría de lujo con las protagonistas de Muérete, bonita (1999), una madre que parece vivir en otro mundo, un momento musical sin química que se supone que es el clímax del romance y un final previsible que se pierde entre el absurdo del resto de personajes y la conclusión romántica de la protagonista.

No termino de comprender por qué las series de comedia romántica son mucho mejores en Netflix que sus películas. Ojalá hicieran otra temporada de Love y todos contentos.

Las historias episódicas de la plataforma nos han acostumbrado a aportar originalidad y novedad a un género que parecía estar gastado, algo que no han conseguido con los largometrajes. ¿Nos sorprenderán con una buena comedia romántica algún día? Pero de las nuevas de producción propia, no añadiendo más clásicos. Que Cuando Harry encontró a Sally (1989) o Con faldas y a lo loco (1959) ya las tenemos más que vistas.

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