a medio camino entre la historia y la leyenda


PUNTUACIÓN: 70/100

Tras su paso por la Sección Oficial del Festival de San Sebastián, Mientras dure la guerra llega a la cartelera envuelta en un manto de polémica y división perfectamente representado por esa divisoria bandera bicolor arrugada que exhibe su cartel promocional. Después del sonado fracaso de la controvertida Ágora y el de la más discreta pero también fallida Regresión, Alejandro Amenábar vuelve a estrenar película en español 15 años después de Mar adentro. Y en esta ocasión ha decidido meter el dedo en la llaga más sangrante de nuestro país: la Guerra Civil.

Karra Elejalde interpreta al escritor bilbaíno Miguel de Unamuno en Mientras dure la guerra, la nueva película de Alejandro Amenábar. (Imagen: © Teresa Isasi, Cortesía de Walt Disney)

Y lo hace apoyándose en una figura histórica y literaria tan fundamental para la cultura española como fue Miguel de Unamuno (Karra Elejalde), contando la llegada de la guerra a Salamanca desde dos perspectivas: la del escritor bilbaíno –en su lucha interna y externa por desdecirse de su posicionamiento inicial a favor del llamado Alzamiento Nacional– y la del general Francisco Franco (Santi Prego) –que mueve hilos en las entrañas de la Junta de Defensa Nacional para, con la ayuda de su hermano Nicolás (Luis Bermejo), posicionarse como el Jefe del Estado que dominará el país tras la contienda. Cabe señalar que es precisamente este aspecto de la historia lo que da título a la película: “mientras dure la guerra” fue la frase “misteriosamente” desaparecida del documento que debía otorgar, de forma provisional, plenos poderes al futuro dictador.

La cinta es pues un drama íntimo con telón de fondo bélico, enmarcado entre la llegada de las tropas nacionales a la Plaza Mayor de Salamanca y el famoso –casi mítico– episodio del paraninfo de la Universidad, acontecido el 12 de octubre de 1936, en el que Unamuno se enfrentó dialécticamente a la denominada Cruzada Nacional en presencia de personalidades como el general africanista José Millán-Astray (Eduard Fernández) o la esposa de Franco, Carmen Polo (Mireia Rey). Es en este evento simbólicamente crucial para la historia de la contienda –y eternamente discutido en sus detalles– donde Unamuno habría pronunciado (algo parecido a) la memorable sentencia “venceréis, pero no convenceréis” –y donde Amenábar encuentra un clímax idóneo a partir del cual desarrollar los antecedentes que conducen a él.

Así, la historia de Mientras dure la guerra transcurre en dos líneas paralelas: la que sigue a Unamuno y la que sigue a Franco, el uno enfrentado a sus demonios interiores, el otro a aquellos que visten de uniforme y amenazan con desbaratar sus ambiciosos planes. Dicho esto, Amenábar no duda en adoptar el punto de vista del escritor, haciendo de la batalla entre sus ideas y la conflictiva realidad exterior el prisma por el que se filtra toda la contienda histórica. Y como es habitual en la filmografía del cineasta hispano-chileno desde Tesis o Abre los ojos, lo que se nos está contando no es otra cosa que la crónica del lento y doloroso despertar a una verdad largamente negada.

Imagen del rodaje de Mientras dure la guerra (Imagen: © Teresa Isasi, Cortesía de Walt Disney)

Y es verdaderamente en la encarnación de Unamuno por Elejalde donde reside el mayor placer que nos ofrece la película. Una fantástica interpretación en el sentido literal del término, pues si bien cabe debatir la adherencia del actor a lo que se sabe sobre el carácter y la personalidad del Unamuno-histórico, nada reprochable encontramos a la entrega, la convicción y el detallismo con que Elejalde y Amenábar construyen el Unamuno-personaje. Una memorable recreación que tiene más de leyenda que de ese “hombre de carne y hueso” con el que solía identificarse el bilbaíno –y con la que algunos tendrán problemas para empatizar, debido a la distancia épica y melodramática con la que Amenábar nos lo sitúa. Mención aparte merece el sobresaliente trabajo de caracterización con el que el equipo creativo ha logrado reproducir los rasgos de Unamuno sobre el rostro –nada similar– del actor que lo interpreta.

No obstante, el buen hacer de Elejalde es apuntalado por otras dos excelentes interpretaciones que sostienen la atención del espectador y evitan que la película decaiga incluso en sus tramos menos efectivos. En primer lugar, la de Eduard Fernández como Millán-Astray: otro personalísimo retrato cuya fidelidad histórica no nos interesa discutir aquí. Lo que importa es que Fernández nos regala un fascinante histrión con vocación de showman siniestro: un villano de parche y pata de palo, que rinde culto a la muerte con una sonrisa y aprovecha cualquier ocasión para hacer humor macabro sobre sus numerosas mutilaciones –pero que al mismo tiempo es una bomba de relojería en constante tensión, siempre a punto de estallar.

El otro trabajo a destacar es el de Santi Prego como Franco: seguramente uno de los retratos más fidedignos y a la vez interesantes que hayamos visto del general y posteriormente dictador. Prego adopta sin complejos la voz aflautada y la gestualidad más bien delicada del militar y demuestra cómo aquel hombrecillo de apariencia inofensiva logró, “a la gallega”, imponer su desmedida ambición personal sobre todo y todos. A diferencia de Elejalde, Prego llega a resultar tan misterioso e inescrutable en sus intenciones y pensamientos que por momentos nos hace olvidar a Unamuno –con el que solo se cruzará en un par de momentos– y desear que toda la película fuese una exploración de este ser gris, tan temible como fascinante.

Imagen de Mientras dure la guerra (Imagen: © Teresa Isasi, Cortesía de Walt Disney)

Dicho todo esto, veamos en qué nos parece que falla o flaquea la propuesta de Amenábar. En primer lugar, la película entera está empapada de un insistente tono melodramático y sentimental –que algunos calificarían de “a la americana” o “a lo Spielberg”: desde una puesta en escena en permanente busca del “plano épico” a una banda sonora de aspiraciones lacrimógenas que pretende extraer emoción de todas y cada una de las escenas, pasando por interpretaciones centrales que, sin dejar de resultar magnéticas en los casos ya mencionados, nunca permiten que el espectador penetre en la historia y experimente la película como algo más que una cuidada dramatización histórica. Cabe imaginar qué le habría parecido al propio autor de Niebla o Abel Sánchez, conocido por su estilo seco, bronco y a veces vehemente, la aproximación extremadamente manipuladora en lo emotivo –a veces hasta volverse farragosa– de Amenábar.

Por otro lado, y sin entrar a discutir el posicionamiento de Amenábar dentro de un conflicto históricamente tan complicado como fue la Guerra Civil, echamos en falta cierta matización y profundización en el retrato de los personajes centrales. No solo del propio Unamuno, cuyos sentenciosos diálogos e inagotables creaciones de papiroflexia hacen pensar en una reconstrucción más interesada en cumplir con lo histórico y superficial que en dotar de verdadera personalidad a su criatura (generando lo que podríamos llamar un “efecto de libro de texto”), sino también y especialmente de las dos figuras centrales del bando azul, Franco y Millán-Astray –previsiblemente retratados como el gallego astuto y reservado y como el sanguinario fascista que siempre hemos tenido en mente. Con esto último no queremos desdecirnos en nuestro elogio a los trabajos de Prego y Fernandez, sino solo lamentar que ambas interpretaciones no pudiesen beneficiarse de un guion que huyera del cliché y sorprendiera con un retrato más profundo y matizado de estas figuras históricas.

En definitiva: si bien no estamos ante el retorno triunfal del director de mirada precisa y pulso firme que nos diera Los otros, sí nos encontramos con una propuesta que se antoja más que digna y que, por encima de todo –y a diferencia de la decepcionante Regresión–, llega a funcionar. Y lo hace no tanto en su conjunto –es decir, que dista de ser una obra maestra– sino escena a escena, brillando especialmente en la acertada conjugación de personajes controvertidos y de gran significado histórico con interpretaciones muy cuidadas y consistentes (incluso dentro del exceso o la impostura) y una impecable y lustrosa (para bien y para mal) recreación histórica. Los interesados en la historia reciente de España no deberían perdérsela –aunque solo sea para discutirla–, y los fans de Amenábar pueden darse el gusto de ver a su ídolo haciendo (generalmente) bien las cosas.

¿Bastará la polémica en torno al franquismo –recientemente reavivada por el anuncio de la exhumación de los restos del dictador– para que Amenábar se resarza de sus últimos tropiezos y vuelva a asumir el lugar privilegiado que ocupó en la cartelera los 90 y 2000? ¿Será Mientras dure la guerra tildada de oportuna o de oportunista en tanto que cuento cautelar sobre el auge internacional de la extrema derecha? ¿Generará, como siempre cabe esperar en nuestro país, una fuerte división de opiniones cuya motivación tenga poco o nada que ver con los méritos artísticos? ¿Se convertirá en la competidora de Almodóvar de cara a la próxima temporada de premios? Podrás sacar tus conclusiones a partir este viernes 27 de septiembre.

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