Piden boicot contra ‘Mientras dure la guerra’ de Alejandro Amenábar


Boicot. Que palabra más fea. Es cierto que existen ocasiones en las que puede ser útil ante actos de injusticia, pero utilizarla contra el arte siempre me pareció un ataque sinsentido. Es justamente lo que está viviendo Mientras dure la guerra, la nueva película de Alejandro Amenábar que se enfrenta a muchas voces en contra por retratar la contradicción entre la convivencia de pensamiento y el fascismo utilizando las figuras del filósofo Miguel de Unamuno y el golpista José Millán-Astray; por hablar, en definitiva, de nuestras contradicciones como seres humanos englobando en la imagen de un ser inteligente como Unamuno el derecho a reconocer nuestros errores y rectificar.

Sin embargo, muchos creen que se trata de un retrato erróneo, viendo en Unamuno una imagen franquista y culpando al director de Mar Adentro de “reescribir la historia” a su gusto. Pero, si la vieran, verían una película que plasma esas contradicciones y demonios internos.

(Teresa Isasi, Cortesía de Walt Disney)

No hay más que buscar el título en redes sociales para encontrar cientos de mensajes de todo tipo, de los cuales muchos irradian odio, rabia y descontento, reclamando el boicot en su llegada a los cines. Y es que el fondo de la historia, al final, todavía hierve a fuego lento en el sentimiento español. Después de todo, hablamos de una de las etapas más tristes de la historia nacional que, si echamos la vista atrás, sucedió hace menos de un siglo. Fue en 1936 cuando se declaró la guerra fratricida “con ayuda de Dios”. Pero si el arte es una expresión o manifestación, incluso interpretación de lo “real” o una manera de plasmar “lo imaginado con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros” (RAE), ¿qué lugar tiene el boicot o el odio? ¿Hasta qué punto las ideologías tienen que ver con la cinematografía?

Nadie será el primero en sentirse decepcionado con la representación cinematográfica de una personalidad, historia real o idea que nos interesa de forma personal, pero de ahí a exigir boicot contra una obra de arte donde trabajaron cientos de trabajadores españoles hay un trecho. La gran mayoría de comentarios de odio parten de perfiles que atacan desde el anominato, y muchos de ellos ni siquiera vieron la película. Lo cierto es que hasta el día del estreno (viernes 27 de septiembre) solo unos pocos tuvieron acceso: la prensa, invitados y el público que pudo acceder al preestreno en el Festival de San Sebastián. Y poco más. Sin embargo, muchos se dan el derecho de atacar al trabajo de Alejandro Amenábar y a la nueva apuesta del cine español por una ideología. Si a esto le sumamos que las ideologías van unidas a la pasión y el sentimiento de odio contra el cine español que lo persigue desde la era del destape, entonces apaga y vámonos.

[Crítica de ‘Mientras dure la guerra’ de Alejandro Amenábar: a medio camino entre la historia y la leyenda]

Que si es “propagandista” por contar una historia según la visión de un director que retrata, melodramáticamente (todo hay que decirlo), los demonios interiores de Unamuno. Que si es injusto que sea subvencionada por el gobierno tras recibir 280.000 euros en ayudas a la producción. Cuando deberían recordar que ayudas reciben también otras películas.

Es cierto que la figura de Unamuno lleva años levantando ampollas. En vida y tras su muerte, y era de esperar que una película con su retrato como protagonista generara controversia. Pero ¿debemos recordar a los haters que esto es cine? ¿Que se trata de una visión según un director? ¿O vamos a caer en la estupidez de los fans de Juego de Tronos pidiendo que se rehaga una temporada completa o de Vengadores por la muerte de Iron Man?

Es triste pensar que el mundo sigue tan dividido entre blancos y negros, que sigue siendo tan difícil encontrar grises donde ponernos de acuerdo. Y la reacción a Mientras dure la guerra –repito sin siquiera haberla visionado- es un ejemplo. No todas las películas pueden retratar la verdad o una historia a nuestro antojo, de eso se trata el arte. Te puede gustar, más o menos, incluso odiar del aburrimiento, pero si mezclamos nuestras ideologías con la cinematografía ¿qué libertad tendría este arte -que por algo es el séptimo- para expresarse?

Por supuesto que esto del boicot no es la primera vez que pasa cuando una película toca el corazón patriótico. Por ejemplo, sucedió en 2017 con El guardián invisible, la adaptación del libro de Dolores Redondo que muchos esperaban con ganas. Pero la petición de boicot la sacudió antes de su estreno cuando una de sus actrices, Miren Gaztañaga, definió la imagen del español como “alguien culturalmente atrasado”. Unas palabras que no tenían nada que ver con la producción, pero que fueron lo suficientemente hirientes como para que se hiciera viral un hashtag pidiendo el boicot contra el filme de Fernando González Molina, que hizo todo lo posible por desligarla de la polémica a través de un comunicado.

(Teresa Isasi, Cortesía de Walt Disney)

Un año antes, La reina de España de Fernando Trueba vivía el fracaso por culpa de otra polémica. La continuación de La niña de tus ojos no tuvo el recibimiento esperado para una superproducción nacional con Penélope Cruz como protagonista, opacada por la petición de boicot por unas palabras que el director había dicho en el pasado cuando recibía el Premio Nacional de Cinematografía en 2015. Fue en su discurso que dijo que no se había “sentido español” ni “cinco minutos” de su vida. Una frase hiriente y desafortunada que llevó a la reacción de muchos internautas.

Hasta una comedia como Superlópez se vio atacada por las peticiones de boicot cuando su protagonista, Dani Rovira, dijo en Onda Cero que le daba “un poquito de vergüencita” que a España se la conociera por la tauromaquia.

En todos estos casos, las peticiones de boicot surgían a raíz del enfado de quienes se sintieron agredidos o insultados por las palabras de diferentes personajes. Aunque también se podría discutir que las películas, como trabajo colectivo, tampoco tenían la culpa. Sin embargo, en el caso de Mientras dure la guerra parece que se trata de un choque de percepciones entre lo que pretende la película y lo que esperaban y creen otros, aun sin haberla visto.

Que Alejandro Amenábar se ha metido en terreno pantanoso no hay ninguna duda. Podría decirde que ha sido valiente y atrevido, e imagino que sería consciente del gran terremoto que podía provocar entre diferentes sectores del público.

En definitiva no pretendo posicionarme políticamente. Queda en cada uno el querer ver la película, el que te guste o no. Lo que defiendo es el cine y su libertad de expresión. Al final, no deja de ser una película. Con tema peliagudo, sí, pero película. Amenábar dijo a El País que sabía que se estaba metiendo en un “embolao” mientras al ABC le confesó que ha “intentado no ofender” sino “ser entendido por la izquierda y la derecha”. Por eso, si no nos gusta lo que presenta, género o idea, nadie nos obliga a verla. Pero tampoco el odio nos va a decir lo que podemos ver y lo que no. Cada uno sabe lo que hace.





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