Cuando el final de Star Wars se convirtió en víctima de un boicot interno

[ad_1]

Atención: este artículo contiene spoilers de ‘Star Wars: el ascenso de Skywalker’

La que ha liado Star Wars. Unos días en cines y El ascenso de Skywalker ya tiene dividido a medio mundo. Los críticos decimos una cosa, los fans de una generación aferrada a la nostalgia dice otra, como también los que esperaban más sorpresas y los haters de siempre. Pero eso no es todo. Ahora resulta que, tras ver el Episodio IX, muchos se han retractado aceptando que Los últimos Jedi no era tan mala después de todo, aplaudiendo su osadía por intentar algo diferente. ¡Después del varapalo que le dieron! Y hasta sus actores y directores han salido a defender su trabajo a diestro y siniestro. Perdonen fans galácticos, pero esto es de locos.

Por eso, me pregunto, con los más de 830 millones de euros invertidos en las tres películas (sin contar gastos de marketing), y el inmenso equipo de producción que rodea a la saga, ¿por qué la pifiaron tanto?

(c) 2019 ILM and Lucasfilm Ltd. All Rights Reserved.

Analizando la situación, remontándome a los inicios de la nueva trilogía, y habiendo visto las tres entregas de nuevo este fin de semana (para refrescar mi opinión), creo que la respuesta es una: un boicot interno sin quererlo por culpa de la falta de planificación. Se fiaron tanto de la fidelidad de los fans y el poder de la marca que se olvidaron de la necesidad imperial de planificar una historia que demandara atención, que diera continuidad y originalidad. A cambio, Disney y JJ Abrams sucumbieron a las peticiones del sector más nostálgico, haciendo una tercera entrega que repite la misma fórmula de El despertar de la Fuerza con guiños directos y arcos idénticos a los que vimos en la trilogía original de George Lucas, añadiendo más batallas galácticas hasta cansarnos la vista (recordemos que muchos se quejaron de su ausencia en Los últimos Jedi) y borrando del mapa los intentos de Rian Johnson por hacer algo diferente. Pero lo que es peor, sucumbieron a los haters, dándoles cabida en este entierro. Por ejemplo, que hayan reducido la participación y protagonismo de la asiática Kelly Marie Tran como Rose Tico -la actriz que tuvo que borrar sus perfiles en redes e ir a terapia por culpa del bullying online tras su aparición en el Episodio VIII cuando era un papel que daba tantas dosis de humor como heroísmo y diversidad, solo puede explicarse como una decisión por evitar más odio contra ella y la película. Y, de esta manera, los haters ganan.

Tal es la división que existe dentro de los rangos galácticos que el director de Los últimos Jedi, Rian Johnson, tuiteó esta imagen de la actriz con un Emoji de corona de reina. Un mensaje alto y claro de apoyo que me hace cuestionar hasta qué punto hay paz en los confines internos de la galaxia.

Otro ejemplo es que Jack Cannavale, un actor que aparece en un capítulo de The Mandalorian, la serie de acción real de Star Wars disponible en Disney+, criticó la nueva producción como “la peor película de Star Wars” a través de Instagram, mientras John Boyega, el británico que interpreta a Finn en la trilogía, dijo a THR que Rian Johnson podría haber hecho “algo mejor” en Los últimos Jedi; mientras el mismo director se sigue defendiendo de quienes critican su trabajo de hace dos años.

Durante la promoción de su reciente película, Puñales por la espalda, el director me contó que la presión de los fans a través de redes sociales “era un tema complicado” pero que en su experiencia, y a pesar de las críticas que recibió por su intento de innovar en Los últimos Jedi, mantiene “una relación positiva” con los fans en Twitter. Sin embargo, hubo un detalle que me dejó confundida y que ahora, tras haber visto El ascenso de Skywalker, viene al hilo para el análisis que estoy exponiendo. Me dijo que hacer una película de Star Wars es un “trabajo en equipo”, que “no es el artista contra la compañía” sino que “desde el principio existe un canal abierto”. Y que, en su caso, se “reunía varias veces por semana para discutir todas las ideas”. Es decir, fue quien recibió la mayor cantidad de críticas por su visión, pero la responsabilidad fue de todos los implicados en los aspectos creativos en Lucasfilm y Disney.

Esto nos permite considerar que cambiar el tono entre El despertar de la fuerza y Los últimos Jedi, y ahora de nuevo con El ascenso de Skywalker, fue una decisión conjunta por una falta de planificación que permitiera mantener cierta fidelidad a las ideas y estilo cinematográfico. Fueron adaptándose a lo que cierto sector fan pedía o criticaba, y a partir de allí continuaban. Quizás, con una buena planificación de los arcos de la historia, se hubieran evitado el chaparrón. Tampoco es que Los últimos Jedi fuera un peliculón, pero al menos se arriesgaba con más profundidad dramática, un Luke Skywalker deprimido y sin sucumbir a las exigencias de los fans.

Y es por eso que, con semejante saga, con semejante legado y legión de fans, no logro entender por qué no planificaron las producciones de forma que pudieran innovar y sorprender, contando algo nuevo y expandir sin tanto miedo.

Incluso después de la gran cantidad de ejemplos que existen en Hollywood que demuestran que, sin planificación, es muy difícil que una saga funcione. Como fue el caso de El Hobbit de Peter Jackson, que tras demandas entre el director y New Line Cinema, y otras entre el estudio y los herederos de Tolkien, la cosa se fue complicando. Guillermo del Toro estuvo meses trabajando con el neozelandés, contagiándose de su pasión por la Tierra Media, para terminar abandonando por culpa de los retrasos continuos. Más tarde, Jackson decidió a último momento que iba a transformar las dos películas planificadas en tres (cuando había terminado de rodar toda la historia en 266 días), y el resultado fue una trilogía que solo estiró el chicle más de la cuenta, con una aprobación media de la crítica que fue del 64% al 74% en la segunda, para bajar al 59% con la última (según los cálculos de RottenTomatoes). Comparada con la adaptación previa de El señor de los anillos (2001-2003), fue un verdadero caos, habiendo costado tres veces más (las tres entregas de El señor de los anillos tuvieron un presupuesto de 253€ millones, mientras las tres de El hobbit costaron 672€ millones) pero ganando lo mismo en taquilla (2.63 mil millones de euros con la primera, y 2.64 mil millones la segunda).

Lo mismo le pasó a HBO sin quererlo con Juego de Tronos. El no planificar la serie hasta su final dio por resultado una última temporada apresurada, que perdía el tono detallado de las anteriores y las revelaciones hechas a medida de cada arco dramático. En defensa de los guionistas podríamos argumentar que no tenían material original en donde basar la historia, a falta de los últimos libros de George R.R. Martin, pero también que la situación puso en evidencia (o en duda) la capacidad de David Benioff y D.B. Weiss para volar solos.

Pero también tenemos la otra cara de la moneda, como es el caso de Marvel, planificando cada una de sus fases con tiempo, uniendo los hilos necesarios para hacer que los espectadores vuelvan una y otra vez a los cines para ver cada capítulo. Lo mismo que está haciendo Amazon, que por no repetir el error de El hobbit, trabaja en dos temporadas al mismo tiempo de su adaptación de la serie de El señor de los anillos para que todo fluya al unísono. Como también está haciendo James Cameron con las dos secuelas de Avatar. Ellos optaron por apostar por su visión, creando algo que promete ser redondo (o eso esperamos), en lugar de ir ajustándose a lo que demanda la audiencia, o parte de ella, con cada entrega.

(c) 2019 ILM and Lucasfilm Ltd. All Rights Reserved.

EL CAMINO SIN PLAN

Pero, volviendo a Star Wars. Para explicar mejor este análisis, es necesario remontarnos al momento en que George Lucas decidió vender Lucasfilm a Disney, cometiendo el error de aceptar la condición del estudio. Él quería que Kathleen Kennedy se mantuviera como presidente de su compañía y, a cambio, la casa de Mickey Mouse tendría la última palabra en las películas de la saga. Y así se explica que después de haber decidido las bases de la nueva trilogía en reuniones previas con Lucas como consultor creativo de El despertar de la fuerza, Disney tuviera libertad para apartarlas y darle vía libre a JJ Abrams para hacerla a su manera. Lucas se sintió traicionado por el director y el estudio, cuando él había estado trabajando en los 80s y 2010s en una trilogía final con ideas similares pero incorporando elementos nuevos. Por ejemplo, en su visión, Mark Hamill no moría hasta el Episodio IX, contando con más diálogo y presencia (según contó el actor). Aunque también incorporaba personajes nuevos que sonaban más al fiasco extraterrestre de las precuelas.

El padre de la saga terminó desligándose al sentirse decepcionado y así arrancó la odisea sin él. El guion de El despertar de la fuerza estaba originalmente en manos de uno de los protegidos de Disney, Michael Arndt (Toy Story 3), quien tras trabajar en la historia durante 8 meses, pidió 18 meses más para concluir el guion a gusto. Sin embargo, como cada día que pasa en la industria del cine vale oro y Disney tenía su agenda ya marcada, lo reemplazaron con Abrams y el guionista más legendario de la saga, Lawrence Kasdan. Cuenta la historia que planificaron la trama mientras paseaban por Santa Monica, Nueva York, París y Londres y que el primer boceto lo escribieron en apenas 6 semanas. Su labor como guionistas duró 3 meses, y viendo el resultado final podemos comprender por qué tardaron mucho menos que Arndt: El despertar de la fuerza no innovaba (quizás era lo que Arndt había intentado hacer), sino que rendía homenaje, una y otra vez, introduciendo personajes nuevos sin ahondar mucho en la trama más allá de Kylo Ren. Era un regreso a las raíces que despertaba la emoción nostálgica en lugar de explicar el motivo de su existencia. Y este primer intento, en general, funcionó, pero el problema vino después por no saber conducir las dos secuelas restantes con la seguridad de una única visión.

Ya en aquel entonces, tras el estreno de la primera parte, la presidente de Lucasfilm dijo algo que debería haber hecho sonar las alarmas, cuando admitió que “todavía no habían planificado cada detalle de la trilogía”. Es decir, hicieron El despertar de la fuerza sin planificar el resto y el resultado fue un George Lucas enfadado, acusando a Disney de “hacer una película retro” en lugar de respetar sus ideas. “Trabajé muy duro para hacerlas diferentes [sus películas]… Las hice completamente diferentes – planetas, naves diferentes, para hacerlas nuevas” dijo en una entrevista a CBS News en 2015, aunque más tarde se retractó. La odisea continuó con una secuela escrita y dirigida por Rian Johnson, que intentó llevarla por otros derroteros de búsqueda de identidad y menos acción, recibiendo una recepción inicial tan negativa que la siguiente vivió una preproducción de lo más desorganizada. El director y guionista que estaba trabajando en ella, Colin Trevorrow (Jurassic World) se desligó citando diferencias creativas cuando llevaba dos años en el proyecto, y mientras Jack Thorne era contratado para rescribir el libreto, entró JJ Abrams al rescate. El director retocó el boceto e incluso siguió reescribiendo durante el rodaje. Y el resultado es una saga de pinceladas diferentes, que en lugar de aportar cosas nuevas, repite arcos, personajes y secuencias, con guiños y homenajes que complacen a un sector más crítico y nostálgico, sin pensar en la sed por ver la expansión inteligente de una historia que supere los personajes ya de por sí planos que fueron Han Solo, Leia y Luke hace cuatro décadas.

(c) 2019 ILM and Lucasfilm Ltd. All Rights Reserved.

Un verdadero boicot interno, posiblemente provocado sin querer y por fiarse del poder de la marca. Es evidente que cuando se trata de una saga tan arraigada en la memoria cinéfila como Star Wars, es imposible dejar a todos contentos. Pero también es evidente que, en esta ocasión, la entrega final intenta hacer las paces con los fans más nostálgicos que criticaron cada episodio. Primero porque Los últimos Jedi no era como El despertar de la fuerza, y ahora porque El ascenso de Skywalker no es como Los últimos Jedi. Para, al final, recibir críticas de nuevo. Han añadido todo lo que pedían: más batallas galácticas, más encuentros entre Kylo Ren y Rey, y el retorno de las tres figuras originales mientras introducían otros personajes del pasado, como el Emperador Palpatine en lugar de crear otro líder supremo nuevo. Mientras el mayor riesgo que podrían haber tomado era el de mantener a Kylo Ren con vida. Creo que, tras alcanzar la redención y romper con su lucha interna, merecía una segunda oportunidad. Pero ya sabemos que en el mundo Disney, la redención siempre significa muerte. Una oportunidad perdida para dejar una huella diferente. Pero esa es mi opinión, como cada uno tiene la suya.

La historia de los Skywalker ha llegado a su fin y ahora llega la era de los spin off y expansiones con historias originales, como The Mandalorian o las próximas series de Cassian Andor (Diego Luna) y Obi-Wan Kenobi (Ewan McGregor), incluso con la idea que deja caer Lando Calrissian al final de El ascenso de Skywalker abriendo la puerta a un spin off sobre la búsqueda de los orígenes de una exStormtrooper. Se habrá terminado la trilogía, pero con Disney al mando tendremos Star Wars para rato. Pero, ¿quizás más planificada?

Más historias que te pueden interesar:



[ad_2]

Source link

اترك تعليقاً

لن يتم نشر عنوان بريدك الإلكتروني. الحقول الإلزامية مشار إليها بـ *